Perséfone.
La Doncella del Infierno.
Cierto día, Perséfone y sus ninfas (o como lo afirma la tradición homérica, junto a Atenea y Artemis) se paseaban recogiendo flores silvestres en un prado, en lo que hoy es Sicilia, cuando súbitamente la tierra bajo sus pies comenzó a temblar, y luego a desgarrarse. De aquel pozo infecto surgió un caballero negro en su carro de bronce, altivo en su porte y violento como la cólera impiadosa de la tormenta. Era Hades, Dios del Inframundo.
Ni ese bello campo de Enna
Donde Proserpina, recogiendo flores,
Era ella misma la más bella flor,
Y fue raptada por el oscuro Dis (un epíteto de Hades)
Con tanto dolor para Demeter
Que la buscó a lo largo del mundo.
Aprovechando el horror que su presencia imponía, Hades tomó a Perséfone desprevenida y con ella se sumergió en los abismos del mundo. Cuando Demèter se enteró del rapto de su hija el universo se recogió en llanto. La creación misma parecía acompañar su dolor maternal, y hasta las semillas se negaron a crecer, convirtiendo los campos verdes en espantosos desiertos.

La búsqueda de Demèter es uno de los pasajes más hermosos y conmovedores de toda la mitología. Se dice que pasó nueve días y nueve noches sentada sobre una roca, lamentándose desconsolada. Sólo pudieron verla un anciano y su hija, que juntos caminaban del brazo. Al pasar junto a la diosa, escucharon que ella sólo repetía la misma palabra: Perdida...perdida...
El caos del mundo llegó a oídos de Zeus, y ordenó a Hermes que viajase hasta el inframundo para negociar la vuelta de Perséfone. Hasta allí llegó con su lengua astuta, hábil conocedor del arte de la retórica, confiado en que su dulce voz pondría fin al conflicto.
Se enfrentó sumiso ante el trono infernal: a la derecha se hallaba Hades, que se erguía como un volcán envuelto en oscuras nubes, y la izquierda Perséfone, con sus frágiles ropas desgarradas por la humillación y el abandono.
Hermes habló de la furia de Zeus, y solicitó la liberación inmediata de Perséfone. Hades, que conocía bien las leyes de su propio reino no se opuso. Los ojos de la doncella brillaron ante la posibilidad de escapar de aquel reino de desolación, pero pronto notó que sus pies se negaban a moverse, y es que todas las sombras del infierno pueden irse si lo desean, siempre que no hayan probado ningún bocado de aquel lúgubre recinto. Perséfone había comido: sólo tres semillas de granada que el pérfido Hades le había suministrado.
Es así que Perséfone debió vivir seis meses de cada año en compañía del peor consorte que uno pueda imaginar.

La Reina de Hierro.
Pero no todo era dulzura y suavidad en la personalidad de Perséfone. Incluso en la Odisea, cuando el astuto Ulises desciende a los infiernos, se nos habla de ella como La Reina de Hierro.
El misterio de su personalidad sólo puede vislumbrarse mediante conjeturas, ya que nunca sabremos a ciencia cierta todas sus sutilezas. Perséfone está asociada a los mitos iniciáticos, en dónde se prometía a los adeptos una participación activa en la vida eterna junto a la Doncella, quien a todos contemplaba desde su trono oscuro con ojos de hierro, con una mirada que todo lo penetra, horadando hasta los secretos más ocultos del alma de sus iniciados.
Ahora bien, Perséfone también significa la vitalidad y la fertilidad. Su paso por el inframundo es un símbolo de la vida que se sumerge en la tierra durante los meses fríos, para retornar con violencia y alegría en la primavera.
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